Un nido de barro y fuego: Tuaté, Boyacá, Colombia
El andar campesino en tierras muiscas: entre minas y quemas, una tradición que se apaga y un oficio que cura.

No conozco a nadie que supiera de la existencia de este lugar, aparte de las personas que nos invitaron a conocerlo —en este caso, gracias al colectivo Ojo de Agua y a María Cano de Salvaje—. Incluso Google Maps hace caso omiso de su presencia. Rodeada de páramos, entre las montañas de Boyacá, Colombia, se encuentra Tuaté: una vereda que no se esconde, pero tampoco avisa que ya estás en ella, a pesar de los altos y modestos arcos de ramas secas que se atraviesan para entrar aquí.
Se ven pequeños cultivos de maíz y papa, y una que otra casa —varias abandonadas—, muchos tréboles y vacas, que indican que todavía hay gente además de recuerdos. Seguimos el camino por el que se anda en fila india, casi implicando que por aquí, aunque en conjunto, caminamos solos. Nos recibe Isabel con su energía tenaz, alegre, de humor negro. Rápido nos cuenta sus tristezas para rápido averiguar qué nos traía por ahí, aplaudiendo los orígenes más lejanos.
De la cocina salieron varios tiestos (así llaman a sus objetos cerámicos) rojos, bruñidos, de diferentes formas, con un caldo de costilla humeante. Fue la hija de Isabel quien nos cocinó y nos advirtió con mucha dulzura: “Cuando terminen el día, van a entender por qué ya no nos queremos dedicar a esto”. Es duro, nos repetían una y otra vez. Por eso ya solo quedan tres mujeres mayores de 70 que aún se dedican al barro, en lo que fue, desde prácticamente siempre, un pueblo alfarero.
La tradición del barro de Tuaté se remonta a la época prehispánica y tiene orígenes indígenas de la etnia muisca. Las mujeres tradicionalmente se dedicaban al barro y los hombres a la agricultura. Quienes han permanecido aquí conocen el territorio como una extensión de su casa; es evidente que las cercas que dividen los terrenos no llevan mucho tiempo. Un oficio que conserva la memoria, no solo de la técnica, sino de una cultura de trueque, de recetas, fiestas, ritos, pensamientos y lutos.
La materia prima es la Virgen de Tutazá, o Virgen de los Tiestecitos, deidad femenina de la tierra y el agua enmascarada durante la conquista, a la que las mujeres piden permiso y maestría para dedicarse a este oficio y a la que encomiendan cada quema. Lo místico es ir por el barro a la mina, a pesar de ser una actividad aparentemente netamente física. Con esta mina han mantenido un vínculo por generaciones, una relación de cuidado mutuo; fue gracias a ella, y al oficio de quienes la trabajan, que los españoles no pudieron expropiar a los indígenas, pues necesitaban su trabajo, y el trabajo iba de la mano del territorio.
Isabel nos guió a la mina por caminos de tiempos lentos, tocando su armónica y cantando coplas, con pausas para la chicha y el guarapo. En este punto la acompañamos con risas y silbatos. Al llegar a lo que, para ojos ignorantes, parecía cualquier otro potrero —la mina—, antes de cavar se da la bendición y pide asistencia. El barro aquí siente quién y cómo lo mira; por eso se asoma o se esconde a su parecer. Cuando hay celos de por medio, no se deja ni ver. Pudimos llenar varios costales de barro que cada uno llevaría para dejarles a las alfareras: prestarles nuestra fuerza, intentar cargar los esfuerzos de un pueblo por un momento.
Con la ayuda de un pretal de fique que se apoya en la frente, el bulto cae sobre la espalda y empieza la peregrinación de regreso. La postura obliga a mantener la mirada en el suelo, enfatizando que en este punto cada uno iba solo con sus pensamientos, concentrado forzosamente en el ritmo que le permite el propio cuerpo. Isabel me sobrepasa con su maleta en la espalda, de aproximadamente unos veinte kilos, con pasos cortos y rápidos; no se detiene a pensar cuando no vale la pena, contrastando con las pausas que tomamos para contemplar cuando íbamos ligeros.
Nuestras condiciones, no solo físicas sino también de orientación y de técnica, difuminan el camino que antes parecía una línea recta. Todo esfuerzo parece nulo cuando aún quedan dos kilómetros por delante. ¿Cómo le voy a hacer para cargar con esto? Nuestros silbatos ahora se consideran para pedir auxilio, pero rendirse resulta igual de inútil, así que avanzamos como podemos. Me pregunto ¿y la fuerza, de dónde sale? ¿Está en el cuerpo o en la cabeza? ¿Podremos en algún punto alcanzarlas, sabiendo que ellas empezaron desde los seis años? La ventaja es evidente.
¿Será demasiado tarde?
Tarde para que un conocimiento heredado por generaciones se pierda en un mundo que va más rápido que las cosechas, más rápido que el tiempo que humanamente se necesita para lograr hacer las cosas que sostienen una cotidianidad que brota del campo. Una pérdida para la humanidad, tal vez. Pero ¿cuál es la pérdida personal? Contemplar una cultura ajena inevitablemente me hace reevaluar la propia.
Nuestras condiciones parecen habernos mantenido blanditos, sobre todo mentalmente. Todo esfuerzo parece innecesario; cambiamos la devoción por la adicción, entrenados para olvidar y consumir. ¿Estamos en condiciones para un cambio? Llevo mi costal en los brazos, pues el pretal se zafó de mi cabeza; cargo con el peso de mis anhelos. Pienso: recolectar, cargar y tratar la materia prima fortalece la conexión entre el oficio, la espiritualidad y el cuerpo: la vida.
Contrastamos con un mundo que nos ofrece cada vez más, que nos dice que necesitamos todo eso y que con ello podremos hacer más y más rápido, sin necesidad de hacer tanto, pero pudiendo hacer todo, en todo momento. El descanso es reemplazado por entretenimiento, y todo lo que es gratis se alimenta de nosotros.
Venimos aquí a aprender del barro, pero nos encontramos con una confrontación poco sutil de un cambio —hablar de la muerte siempre es una premonición—. Nos invade la nostalgia; nos preguntamos qué podemos hacer para la conservación: ¿de una olla o de otras formas de existir? Nos sentimos responsables: ¿porque en realidad podemos hacer algo, o porque, por inercia, hacemos parte del sistema que está minando nuestras tierras y el equilibrio de una cultura?

La quema suelana: una cocina / horno / barranco
El mundo de la cerámica es tan amplio como el mismo planeta, su origen nació a la par del fuego, sus posibilidades de experimentación son infinitas: una vida no alcanza. A pesar de esta inmensidad, los principios básicos son los mismos aunque los barros y los acabados sean distintos. El fuego, aunque a veces llegue a altísimas temperaturas y otras no tanto, es el mismo siempre. Tuaté tiene su propio método de hacer que la arcilla moldeable se haga dura a través de la quema, y su manera de hacerlo rompe con una cantidad de esquemas que jurábamos verdades.
Aquí, las cocinas son una construcción aparte de la casa principal, separadas por un pasillo donde se hacen los tiestos, se pila el barro, se come, se descansa y se conversa. El día antes de la quema, o como ellas lo llaman, de asar, los implementos de la cocina pasan al pasillo para que esta se convierta en horno. El zarzo de madera que está sobre el fogón de leña, lleva seis meses acumulando el trabajo que finalmente se “asará” para conmemorar a la Virgen de los Tiestecitos en la romería de Tutazá, donde se ofrecen las piezas al pueblo.
La quema implicaba levantarnos a las 3 de la mañana. Llegamos entre bufandas, bostezos y a oscuras a la casa de Dioselina, quién nos recibió prendida, tanto ella como su cocina y otros familiares, con los sentidos agudizados y la atención puesta en el fuego que no tenía nada de desmañanado. “Esto es un oficio que parte el alma” dijo.

Este primer paso, el caldeo, termina de secar las piezas y las calienta lentamente antes de llevarlas al horno/nido que se construye afuera, recostado sobre un barranco que lo protege del viento. La noche anterior había llovido, por lo que el piso estaba mojado. Diosa se preguntaba en voz alta: “¿Qué hago?”. Reconocí la humildad que exige este oficio: no importa que tengas toda una vida de experiencia, la duda es parte del proceso.
A pesar de que varios integrantes de su familia dijeron que así no se podía llevar a cabo la quema, Diosa optó por raspar un poco del barranco aún seco sobre el piso mojado y, encima, como es costumbre, colocar un tapete de ceniza que se ha venido recolectando de quemas pasadas y de la cocina. Luego van ramas de cinco árboles diferentes; no se requiere tumbar ninguno para esta quema, son puras podas. La madera gruesa se reserva para cocinar.
Ya con la luz de la mañana y, una vez tibios los tiestos, estos se traen del zarzo y se apilan del centro hacia afuera sobre la cama de ramas. Se acomodan primero los más grandes y luego los más pequeños, como un tejido de barro que se sostiene entre sí. Alrededor de este nido van fragmentos de otras piezas ya cocidas que protegen las crudas. Así mismo como nos sostienen los errores que cometemos.
Lo que lleva gestándose meses —o miles de años— se prende en un segundo, no sin antes volver a darse la bendición. Sale una llama desde abajo; se apaga con un puño de paja. Sale otra flama, y lo mismo. Así se va hasta que se cubre la totalidad de las piezas: en total son unas tres capas de paja. Además del crujido del fuego, se escucha cómo las piezas se sientan, dice Diosa. Ella va diciendo dónde hay huecos, dónde pide más paja, nosotros y algunos de su familia la ayudamos. Al pasar una hora, la quema culmina. Se deja enfriar unas horas y ese mismo día, bajo una capa de ceniza, aparecen las piezas perfectamente cocidas, rojas.
La quema de Tuaté rompe con todo lo que creíamos entender sobre este oficio. No es que sea “fácil”: exige fuerza, intemperie, paciencia, una sensibilidad entrenada durante generaciones. Pero contrasta radicalmente con las quemas que conocemos: hornos que cuestan fortunas, toneladas de leña, días enteros de combustión y temperaturas que parecen competir por quién llega más alto.
Aquí, en cambio, el fuego sucede con lo necesario: podas, paja, cenizas, un barranco. No hay excesos, hay precisión; no hay maquinaria, hay escucha. Lo que sostiene el fuego no es la técnica industrial, sino la relación con la tierra y el consentimiento de la mina. Esta manera de “asar” el barro, que parecería rudimentaria desde afuera, es en realidad un refinamiento del tiempo y del territorio.
Y ahí aparece el contraste más fuerte: mientras nosotros creemos que necesitamos más para hacer mejor, ellas nos muestran que mejor es hacer con lo que hay, en compañía, obedeciendo a un ritmo que no controla la ansiedad humana, sino la vida misma. La vida del campo es dura, pero la vida de la ciudad —a la que ha migrado gran parte de la juventud de Tuaté y de la que acabo de salir yo— tampoco es fácil.
Cuando acabamos el taller, contrario a entender por qué ya no me querría dedicar a esto —como nos advirtieron— descubrí que se me antoja, con cuidado de no romantizar, una cotidianidad que teje la vida con el oficio, la siembra con la cocina, el fuego con la comunidad, el cuidado de una pieza con el cuidado de la tierra y, por ende, el cuidado de sí mismo, de la casa y del planeta.
Estar aquí, a las vísperas del desvanecimiento de una tradición, me ha hecho considerar nuestros hábitos: la pasta que se compra embolsada y con código de barras, los sartenes de teflón que nos intoxican lentamente, hacer solo para alimentar el banco… Pero antes de seguir en la queja —que bien es más fácil que imaginar un cambio— considero que podemos ser puentes; pues todo fin implica un nuevo comienzo y, aunque el futuro es incierto, debemos seguir amasando, humildes, atentos, aprendiendo.
Que el intercambio de semillas, tanto de las literales como las de los aprendizajes, nos regale cosechas más ricas, dándonos frutos desconocidos y ofreciéndonos otras maneras de saborear y conservar la vida.
Días después de visitar a las alfareras de Tuaté llegamos donde María Eusebia, en el páramo de Ocetá, heredera de saberes muiscas. Al ver el chorote que llevaba —una jarra usada antiguamente para sembrar agua— se emocionó muchísimo. “¿Ya la curaste?”, me preguntó, y quiso enseñarme el proceso. “Fue lo último que aprendí de mi madre; ahora te lo comparto como a una hija”, dijo. Su gesto me reafirmó que este oficio no es individual sino comunitario, que atraviesa tiempos y espacios, que vive tanto en el taller como en la cocina, en el cotidiano y en el imaginario.
Curar la pieza es como un bautizo antes de cocinar los alimentos, un rito que cada familia hace al estrenar sus ollas, y que además alarga la vida del tiesto. Sucede en la cocina: se pone la pieza sobre tres piedras que simbolizan la madre, la abuela y la hija; luego se prenden hojas frescas de jarilla que agarramos del jardín. El humo suelta una grasa natural que se adhiere a la superficie y la impermeabiliza. La paja del techo retiene el hollín para que el humo siga limpio hacia el cielo.
Mientras el humo de la jarilla envolvía el chorote, entendí que este conocimiento no se pierde del todo mientras haya alguien dispuesto a recibirlo, a escucharlo y a devolverlo al mundo transformado, pero sobre todo, dispuesto a dejarse transformar por él. Comprendí que lo que heredamos no son solo técnicas, sino maneras de relacionarnos con la materia, con el paisaje y con nuestra propia fuerza. Que quizás el final de una tradición no sea un silencio absoluto. Y en ese gesto íntimo de “curar” una pieza, se cura también algo en uno: un miedo, una distancia, una desconexión.
Aprender del barro es aprender otra ética, otro ritmo, otra manera de habitar el cuerpo, la mente y el mundo.

Gracias al colectivo Ojo de Agua y a María Cano por invitarnos a conocer a las mujeres alfareras de Tuaté.
Gracias a las mujeres de esta comunidad y a sus familias, que nos abrieron las puertas de sus casas y de sus corazones.
Gracias a María Eusebia por mantener viva la magia y compartir sus saberes con tanta generosidad.
Gracias a todos los compañeros de esta aventura.
Gracias Ojo de Agua por las fotos.
Si quieren profundizar en la historia de Tuaté, les recomiendo este artículo de Ojo de Agua: “Desde los antiguos”: el lugar del barro y el fuego en Tuaté, Boyacá (Colombia).
Gracias por llegar hasta aquí.
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@mientraselagua