Mientras el agua

La piel toca, pero también sabe

Un ensayo sobre mudar de piel. El maquillaje, y lo que está debajo.

· 14 min de lectura · Publicado en Substack

La piel toca, pero también sabe

Llevaba años habitando la queja de manera regular, como animal enjaulado en su propia trampa. Maquillando los miedos con obligaciones, cediendo ante un sistema antes que a mis principios, estirando la piel de manera osada para conocer mis huesos, mi sangre, mis límites, probar mi sudor. Rascándome entre edificios, ojos rojos de creerme una película que no me humectaba el espíritu, moviéndome tanto que parecía inmóvil, como un colibrí en el aire, preguntándome: ¿hasta cuándo?

Entre brillantina, asfalto, contaminación y alarmas sísmicas, me cansé de un discurso que repetía de memoria, en automático: que no era sostenible seguir viviendo así, que nos estábamos volviendo grises. Tenía que salir de ahí, no solo de la Ciudad de México, que aunque no parezca también amo, sino de esa personalidad fatalista, acomodada, de sueños prestados. No se trataba solo de mudarse de casa o cambiar de oficio, sino de poner las cosas en su lugar: habitar la coherencia.

La noticia de irme no llegó de sorpresa, sino más bien con alivio, como abrir los ojos exageradamente y suspirar —finalmente—. No sabía a dónde, pero sí a qué. Quería volver a palpitar y permitirme amasar otra cosa. Decidir el lugar fue un desfile de certezas contradictorias. En medio de la neblina, no me di cuenta de que se estaba abriendo un camino que no requería machete, más que para abrirme el pecho y meterme el corazón donde pertenecía, luego de llevar un tiempo sin saber qué hacer con él en las manos.

La última lavandería de confianza en 35mm
La última lavandería de confianza en 35mm

Suena intenso, y es que sí lo fue. Por muchos años de moverme entre teatros y proyecciones, me cuestionaba los gritos, los gestos aumentados, la pasión desorbitada. ¿Quién hace eso en la vida real? Tenía que ser un actor que me dijo un día: “La vida es drama”. Incrédula, solo tuve que vivir un poco para darle la razón. La ficción tiene más para decir de la verdad que de la fantasía: habitar la delgada línea entre mundos. Moverme tal vez implicaba dejar de maquillar como rutina, pero dejar de ser maquilladora era imposible, pues me había enseñado una manera de leer la vida.

Fueron unos amigos quienes me llevaron al taller del maestro Gustavo Pérez, a las afueras de Xalapa. No tuve la menor duda: había llegado. Sin un plan definido, dije que volvería y, por fortuna, desde el inicio fui bienvenida. La geografía era un collage de mis orígenes de café y montaña. Sin embargo, la sospecha insistió y pensé que quizá sería más apropiado irme a otro continente más lejano. Llegué a Japón, a Mashiko, un pueblo alfarero cuyas similitudes con esta zona de Veracruz nos llevaron a bautizarlo como Xalapón. A pesar de estar al otro lado del mundo, había regresado.

Apliqué a la institución donde había estudiado mi maestro japonés, donde solo recibían dos estudiantes extranjeros por año. Parte de los requisitos fue un ensayo que respondiera a la pregunta: ¿qué consideras importante a la hora de trabajar con cerámica? Sin saber, este se convirtió en un manifiesto. “Veo el barro como la piel de la tierra”. Y concluía: “Para mí, la cerámica no es solo una forma de arte; es un acto de resistencia contra el mundo acelerado y producido en masa, y un camino hacia la libertad personal”.

El otro ensayo pedía presentar el tema de investigación que trabajaría por ese año. Elegí investigar sobre acabados en la cerámica sin esmalte, inspirada por el trabajo de Koichi Onozawa, quien me introdujo a la resina de árbol urushi; y las piezas bruñidas prehispánicas, que dejan expuesta la piel del barro, firme y compacta de por sí. En retrospectiva, no tenía mucho sentido estudiar esto en la tierra de la alta temperatura. Me rendí. Cedí el control. Me entregué. Y así nos encontramos.

Foto tomada por mi madre, en el taller de Gustavo.
Foto tomada por mi madre, en el taller de Gustavo.

Podría decir que las cosas no salieron como quería, pero es cuestión de tiempo cambiar de opinión: era todo lo contrario. Volver al plan A, entre nerviosa y aliviada. El dónde y el cómo llegaron casi a pesar de mi voluntad, como si fuera cuestión de no darle problemas al futuro, pues ya todo estaba arreglado. En cuanto al barro, creí que entonces ahora se trataba de reconciliarme con los esmaltes, con los cuales tenía una relación extraña, luego de casi haber dañado un horno por mal uso de estos. Debía aprovechar la maestría de Gustavo y Artemio en este campo, pero la vida ya tenía otros planes, que resultaron ser los mismos míos en un principio: regresar.

En mi primer día en el taller como aprendiz, cargamos el horno de gas. Nadie sabía que esta sería la última quema quién sabe hasta cuándo, pues las experimentaciones se estaban yendo por otro lado. La magia de este espacio está en que no se sabe qué va a pasar; lo único claro es la disciplina, que actúa como gran tablero del juego infinito que dictan los antojos. Me di la licencia de dejar lo útil a un lado y dejar que la forma solita decidiera por dónde. Yo ya había decidido demasiado.

Cuando las piezas salen de su primera quema en la pasta del taller, se ven blancas, opacas y con mucha sed. Como si estuvieran esperando que les pase algo. Desnudas, pero no sensuales, como puente obligatorio en medio de un proceso. La libertad se practica y, una vez se alcanza, es contagiosa. Gustavo empezó a jugar con acrílicos y colores, como diría él, por qué no? Parecía como si no hubiera sido por mi voluntad empezar a considerar maneras no convencionales de darle a mis piezas su piel.

Entre música clásica y telarañas con décadas de antigüedad, Gustavo decía: esto ya es un taller de quién sabe qué. Parecía mas apropiado llamarlo laboratorio donde las ratas y los científicos éramos nosotros. Los apellidos de ceramista, pintor, maquilladora o artista perdían toda importancia. Yo también soy un taller de quién sabe qué. Se trata de no saber qué va a pasar, de estar atento, de saber escuchar.

No quise ir a buscar a la tienda opciones, mas bien se trataba de encontrar. Primero en la cocina, aquí fue donde apareció la cúrcuma y por varios días todo era amarillo. En los materiales de construcción olvidados apareció el aceite quemado, primo tóxico del urushi. En el campo apareció el achiote. Y así fue cómo volví a mis cajas de maquillaje, que se abrieron como si fueran la caja de Pandora: surgieron pedazos de piel testigos de otros tiempos, rindiéndose ante otras posibilidades.

La piel, el maquillaje y lo que está debajo

La piel está en contacto con todo, sin descanso: consigo misma, con el viento, con el otro, con el sol, el agua, la tierra, el barro. Aquí empieza la relación con el mundo y con nosotros mismos. Su naturaleza, a la vez sensible y sensitiva, puede tocar porque es en sí misma algo palpable. Actúa como órgano contenedor y como reflejo: tanto de su contexto como de lo que habita en su interior. Sus límites, aunque parecen indicar dónde empiezo y termino, funcionan más como membrana que como barrera: están abiertos e indeterminados. Es una superficie de metamorfosis e intercambio, que tiene ritmo, respira, se permea. No hay cosa ni vida sin piel.

Percibo la vida a través de mi piel, y la vida me percibe a mí por ella. Tocar es también ser tocado. Ver es también ser visto. Es la reciprocidad entre mi cuerpo y el paisaje, una conversación silenciosa pero contundente: no hay sutilezas en la insolación luego de un día de playa, o cuando me remojo en el agua fría del río. La piel es lenguaje sin palabras. Habla a punto de gestos, cuenta historias a partir de cicatrices, su color da pistas de lo que pasa por dentro, ya sea de un anciano, un árbol o un país.

Cerámica pintada con achiote y maquillaje.
Cerámica pintada con achiote y maquillaje.

La piel entiende y también responde: en ella se nota lo que veo, lo que siento, lo que muevo, lo que hago. La piel toca, pero también sabe.

Hay quienes la estudian a nivel químico o a nivel poético, pero para entenderla basta con tenerla. Sabemos cuando brota, suda, pica, quema o se corta; lo sabemos porque la sentimos —somos ella—. Cuando surge esta conexión entre piel e identidad, aparece el cuidado y la intervención. Nos cuidamos con ungüentos o con sombra; nos intervenimos con perforaciones o colores, permanentes o transitorios. La comunicación aquí ya es deliberada: hay una intención de guiar el discurso hacia un lugar, o hacia donde una cultura o doctrina indica.

Cerámica pintada con maquillaje.
Cerámica pintada con maquillaje.

El sustrato del maquillista es la piel. Este juega a hacer ilusiones con ella, interviniendo esta superficie, momentáneamente, para crear una fantasía: ya sea onírica o pegada a la realidad, con la intención de que se crea. Es una especie de magx, antropólogx de la imagen, con algo de alquimista y máquina del tiempo, además de mamá, manicurista, boy scout y enfermera.

Por eso, cuando digo que soy maquilladora para cine y televisión, siento que me quedo corta. Yo quisiera explicar cómo este “arte del engaño” me ha enseñado más de la verdad y menos de la belleza, o tal vez me ha acercado a la verdad de esta. El maquillaje se trata más de lo que no podemos ver con los ojos, de lo que no se siente con la piel.

Cerámica pintada con maquillaje.
Cerámica pintada con maquillaje.

El maquillista trabaja a partir de un guion: este dicta el origen y el destino, así sea solo a partir de la especulación. Encontramos un hueso y, de ahí, nos imaginamos lo que podría ser el resto del animal. ¿De dónde viene el personaje? ¿De un baño, de la cama, de otro planeta, de una fiesta o de una depresión? Observa la piel, considera lo que le pasa y sus facciones. Piensa en la ocasión, observa las intenciones y peticiones.

Por el radio dicen: “Maquillaje —un kleenex, por favor”. El maquillador no solo interviene, también cuida. Está pendiente de lagañas, mocos, aliento sospechoso y pelo enmarañado. ¿Quién tiene gripa? ¿Quién está llorando? ¿Quién derramó algo? Entrar al set rápido pero en silencio; contener sin interrumpir. Estar presente pero ser invisible. Estar “ahí”, cuidando, hasta que llegue la hora de traer de vuelta con agua y jabón.

Cerámica pintada con maquillaje
Cerámica pintada con maquillaje

Jugar a la fantasía resulta fácil porque nadie la conoce; en ella encontramos una especie de libertad del juicio, una tregua frente a lo conocido. Nadie puede asegurar cómo se ve un habitante de Neptuno, por lo que decidir cómo se ve habla más de quién lo construye que de lo que crea. Por eso, hacer un maquillaje que imite la realidad sugiere un gran reto, pues para creer basta una intuición radical: no hay intelectualidad de por medio. El espectador, finalmente, decide si cree o no.

En ocasiones nos tenemos que mantener al margen de las referencias, pues muchas veces lo demasiado real puede parecer inverosímil. Una buena seña es que el trabajo pase desapercibido. Entonces jugamos con la mente, más allá de la piel. El glamour resulta entonces igual que la sensatez: pura fantasía. Creamos personajes que parecen tan permanentes como una identidad.

El acto de actuar, de cambiar de piel, de ser mil personas y, al fin, nadie en realidad, o todos a la vez. Saber entrar y salir de mundos, moverse entre umbrales, lograr que los personajes caminen con la naturalidad de una vida con infancia, pasado, hábitos y personalidad. Que tenga las uñas largas porque toca guitarra clásica, o el pelo mojado porque lo agarró la lluvia. Contemplar las decisiones que pasan inadvertidas en nuestra vida diaria: nuestras “máscaras”. ¿Cómo me veo cuando me siento así? ¿Cómo me siento cuando me veo así? El maquillaje, entonces, revela; no oculta. Revela incluso más cuando nos esforzamos en ocultar algo.

En esencia, todo lo que vemos revela algo. Y no hay interpretación total, pues todo pasa por la conciencia subjetiva de cada cual: esa manera íntima de ver el mundo que se construye a partir de una vida, o de un aglomerado de vidas que han compartido el mismo cuerpo. Lo que vemos se alimenta de lo invisible; ahí está lo rico: en lo oculto, debajo de la piel, debajo de nuestras creencias y preconcepciones de la vida.

Se va la luz. Se pone la piel de gallina. Casi inmediatamente las manos empiezan a moverse por el aire, como si de repente el cuarto se llenara de posibilidades para esquivar o agarrar. A oscuras no se habla del miedo: los monstruos están ahí… ¿o seré yo? Tal vez tememos descubrir que somos nosotros los que asustamos, pues si no los invocamos, no están. Corremos a prender una vela: ¿para vernos las caras o para anclar la imaginación a la realidad que conocemos? En lo oscuro nos unificamos en una sola sombra, en un “dejar de ser”, mientras que en la luz somos singulares. Parece ser cuestión de cerrar los ojos para fundirnos con los enemigos, tanto internos como externos, y descubrir que no hay.

Resulta más fácil entrar en la oscuridad acompañado. No solo por ir piel con piel con alguien, sino porque solo así podemos llegar verdaderamente profundo. El otro, como reflejo, nos deja ver la parte a la que no tenemos acceso de nosotros mismos. Como una vez dijo una amiga: “no estaba bien, solo estaba sola”. Lo inmaculado se me hace sospechoso. Demasiada luz enceguece. Ver directamente al sol duele. Tal vez no tenemos que ver ni brillar tanto; tal vez la oscuridad es refugio, y por eso llevamos tanto tiempo sintiéndonos desamparados.

El megáfono de la redención. Cerámica pintada con maquillaje y aceite quemado.
El megáfono de la redención. Cerámica pintada con maquillaje y aceite quemado.

Hablemos entonces del miedo, a ver si así por fin nos entendemos. Al final, es lo que tenemos en común, antes de imaginarnos caminando por ahí despellejados, con los órganos descubiertos. Hablemos de cómo se siente, cuándo aparece y cuándo se va, dónde se mete, cuánto espacio ocupa su presencia. Hablemos del dolor que lleva de la mano, o de la locura, o de la inercia.

Terror se deriva del verbo terreo, que significa “hacer temblar”. En el actual supuesto mundo civilizado, se valora la acción antes que el quedarse quieto. Al miedo hay que temerle, y la valentía parece que se puede comprar: just do it, solo hazlo, nada es imposible. Hay que movernos y dejar rastro en el proceso, que se note para poder cuantificar la productividad. No nos podemos detener, no podemos parar de temblar. ¿Andamos entonces aterrorizados? Y si sí, ¿por qué eso está mal? Atreverse a sostener la mirada en nuestros agobios antes de correr a maquillarlos con cobertura total.

Cerámica pintada con aceite quemado.
Cerámica pintada con aceite quemado.

El miedo y la pura verdad. Este parece ser el camino, aunque tomemos todas las rutas para evitarlo. El miedo nos dice que el territorio es desconocido, que estamos fuera del alcance de las predicciones esperadas, que no sabemos qué va a pasar. Vivir, entonces, es escalofriante, pues la certeza está muerta. La duda nos saca a bailar. Podemos considerar la indiferencia antes que la evasión, escoger cómo miramos antes de pretender cambiar la realidad, encontrar belleza en las arrugas, el mugre, las manchas, los desastres.

Encontrarse a sí mismo en los caminos que tomamos para evitarnos y, al mismo tiempo, permitirnos impredecibles. Me detengo dentro de la oscuridad de mi vasija, reconozco la inmensa capacidad de elegir cómo percibo la sensación de vacío. Recuerdo que es el origen y el destino.

Cerámica pintada con maquillaje.
Cerámica pintada con maquillaje.

El mar nos distrajo con su encanto; nos convertimos en muñecos. Entendí que pretendía que mudáramos de piel rápido, al mismo tiempo. Vamos dejando pedazos de piel muerta por ahí, dejando rastros de lo que fuimos, plantando curiosidad de lo que seremos.

Solo cuando muero me detengo. Paro de mutar. Aquí dejo de habitar la duda, me convierto en galaxia, me vuelvo certeza; mi existencia es exacta. Dejo de ser yo; me convierto en uno, todo, nada… al mismo tiempo, para siempre, en todas partes. Mientras tanto, es importante disfrazarse de vez en cuando, darle descansos a la identidad, habitar otras posibilidades. Dejar victimismos a un lado, encarnar la libertad, probar cómo se siente, ensayar cómo se mueve.

Creo que me estaba resultando muy difícil hablar de la muerte sin hablar del amor. Ambos despiertan el miedo a lo desconocido. Ninguno se puede evitar. Abandonar la piel y fundirse con la piel de todo: desvanecer, evaporarse. Morir debe ser la rendición total. Quizá por eso intuyo que morir es el último acto de amor. Ya no hay entrelazamiento, solo fundición. Ya no se insiste, ni se provoca, ni se espera. Me rindo ante la certeza de la transitoriedad. Me fundo. Solo amor.

Lavarse la cara con agua y jabón: se deshace una postura, otra forma de morir. Me independizo de mí. Me permito el cambio, crecer, envejecer, atender, cuidarme, morir y renacer. Pero, sobre todo, mantenerse al tanto de lo que está por debajo: lo oscuro, lo que nos da miedo. Ir aún más abajo. Abajo de quien decide, abajo donde no hay nada. La piel nos contiene; es casa. El barro es la carne de la tierra. El maquillaje es la máscara de las ideas. Son ventanas hacia un mundo íntimo, un pozo oscuro y profundo de unidad sin tiempo ni espacio, infinito, vacío.

El lenguaje también es piel. Escribir es otra forma de quemar. Creí que venía aquí a conocer el fuego, pero me convertí en sirena; entendí que todo sucede mientras el agua viene y se va. Toma tiempo desintoxicarse de la ciudad que se lleva por dentro, dejar de identificarse con uno mismo, con sus alegrías y tristezas. Pero si algo he aprendido es que nunca llegamos del todo, y nunca nos vamos para siempre. Solo queda confiar y seguir. Confiar y a lo que sigue.

Cerámica pintada con maquillaje.
Cerámica pintada con maquillaje.

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