Mientras el agua

De barro somos

Y de barro es el camino. Un relato desde Veracruz, pasando por Puebla hacia Oaxaca.

· 16 min de lectura

De barro somos

Esta es la historia de un viaje que hice con mi papá con el pretexto de un paseo. O tal vez el pretexto para contar parte de otro recorrido más largo por el que me ha llevado el barro, o el maquillaje, o haber nacido y seguir aquí. Tal vez todo ha sido un pretexto para ver lo que pasa desapercibido. Frotar la superficie hasta que le salga brillo, encontrarse ahí y ver a dónde lleva —siempre con las manos en la masa.

Aunque cada lugar cuenta una historia individual tan diferente entre sí, y la geografía se vive mientras se transita, nuestra memoria mezcla todas las experiencias en el momento. El resultado somos nosotros, todos los lugares y personas que hemos recorrido. Por eso, aunque me siento tentada a no mencionarme en el proceso de contar este relato, es casi imposible, pues hablo desde mi propio laberinto, mi propio mapa. No veo un paisaje sin el otro. Cada uno actúa como puente o destino entre sí.

Coincidencias extrañas, personajes de película, historias que empiezan con un “no parece cierto” —pero es que la vida es exagerada. La existencia, por ordinaria que parezca, es un evento extraordinario. Desde la piel tostada de un marinero, hasta el comal que calienta tortillas en el fuego. La piel, como la cerámica, están en todas partes, y yo desde que descubrí que lo que me gusta del cine y del barro es la vida, le estoy dando largas a los apellidos profesionales.

Los Reyes Metzontla, Puebla

Primer parada por barro
Primer parada por barro

No se puede hablar de barro sin hablar del paisaje. Tanto en el sentido literal —ese que habita entre lomas, ríos y barrancos— como en el paisaje de la cotidianidad: entre platos y cocinas. Para llegar aquí, hay que cruzar uno de los bosques de cactus más grandes del mundo, por una vía sin pavimentar. Un campo enorme de miles de dedos o antenas señalando hacia arriba. Si se mira con cuidado, el suelo entre arbustos es un jardín de flores rosas y amarillas, magueyes gigantes, nopales y árboles de troncos verdes.

Fue un documental que encontré en YouTube hace mucho, cuando aún vivía en la ciudad, lo que primero puso a Los Reyes Metzontla, Puebla, en el horizonte: La antigua tradición del barro bruñido en el Valle de Tehuacán. En él se dice que se ha comprobado que la composición de la cerámica de este lugar es idéntica a piezas prehispánicas, lo que sugiere que su técnica no ha variado mucho desde hace siglos.

Cada tanto, ya sea por la caída de un árbol o por los resabios que deja la lluvia, los suelos se dejan ver. Sus habitantes miran a través del verde que en esta época abunda (finales de junio), y encuentran cerros de colores.
—El de allá es gris, por allá hay uno negro, ese de allá es amarillo, y el de más allá es como fushia —me explicaba una de las alfareras.
Para su mezcla de barro utilizan por lo menos cuatro tonos diferentes —aunque a veces hasta diez— para mejorar su consistencia: cada color aporta algo distinto, y es la mezcla entre ellos lo que les da su fuerza.

Cada persona del pueblo aporta a su contexto, creando una individualidad colectiva. Son pacientes y tenaces. Esa tenacidad se ve cuando van con sus burros al cerro por barro, o mientras trituran la peña hasta volverla una arena, casi harina de talco, que luego agregan al lodo. Sentí el tiempo con mis manos, eso fue impresionante. El tiempo entre un balde y otro. Pasar de una masa que se desbarata a otra masa deliciosa, suavecita, fuerte y flexible. La única diferencia entre ellas era el tiempo: quince días o más dentro de una bolsa. La tenacidad de esperar.

Son memorias que solo tocando reconoceré: hay que sentir para saber. Las manos casi siempre saben, y si no, los dedos inventan, las uñas raspan y las babas pegan.

Hablando una noche con una alfarera, me dijo, como si se tratara de una confesión:
—Sí nos gusta el plástico. Un niño cuando come, muy fácil rompe el plato de barro, mientras que al de plástico no le pasa nada. Se necesita mucha calma para tocar el barro. Y para aprender, solo calma y curiosidad.
Con esta calma se refería no solo a la que se necesita para construir una pieza, sino también a la que se lleva en la vida cotidiana: la de calentar agua, esperar que se asienten las cosas, que se sequen, o que deje de llover —todo mientras el agua.

Esa calma que no tiene reloj. Generosa. Que te regala un durazno luego de llevarte a ver un horno, después de haber detenido su producción. No hay interrupciones, sino ritmo: el de la agricultura, el clima, el tiempo y la familia se entrelazan. El propio con el de afuera. El del nativo con el del extranjero. El del que está, con el del que llega.

Cuando se descubre que el ritmo incluye sorpresas, demoras e interrupciones, se convierte en alimento para la curiosidad, pues el control deja de ser una opción. Con el barro no hay atajos. El ritmo es tiempo, y el tiempo se deja. Hemos olvidado las bondades de esperar en un mundo que adora lo inmediato. Esperar es tener tiempo para otra cosa, o como dicen en Japón: esperar es hierro.

Aquí se amansan las piedras con las que se bruñe, se prensa el barro, se deja secar, se ahúma con cera. Su técnica, al igual que su temperamento —preciso y calmado, pulido y redondo— contrasta, en total equilibrio, con la cobija de espinas que los rodea desde hace mucho, mucho tiempo.

San Marcos Tlapazola, Oaxaca

Un libro guió el viaje: Barro y fuego, de Eric Mindling. Ya algunas amigas habían seguido su mapa antes, por lo que parecía una tarea sencilla de lograr, a pesar de no tener mayores indicaciones de ruta. No se estaba buscando nada: fuimos a ver qué nos encontrábamos.

Cuando llegamos al pueblo casi fantasma en lunes, seguimos por una calle de piedra suelta que “no llevaba a ninguna parte”. Curiosos, expectantes, mi papá decía insistentemente: “Deben estar ahí, ahí, detrás de esos muros”. La vía se volvía cada vez más ruda; adelante ya no se veían casas, sino sembrados. Después, parecía nacer la montaña como pared. Paramos a comer un maní mientras veíamos a ver qué hacíamos. Eventualmente, nos regresamos.

Se abre un portón. Sale un carro. Una señora siente mi mirada intensa y me pregunta:
—¿Qué buscan? A lo que respondo con un grito: —¡Barro!

Dos puertas arriba vivía su prima, Chavela. Toco el gran portón metálico verde azul y casi solo digo: —Nos dijeron que era aquí. Su respuesta, con una sonrisa: —Pasen, pasen.

Vestida de todo menos de sutilezas: satines, bordados y encajes de colores. Viste también sus platos; los cubre, pule, envuelve y guarda con trapos elegantes dentro de una canasta, como si se tratara de una quinceañera alfarera en un mundo de fantasía. Con excepción de los comales, todas las piezas de barro rojo que hace tienen cara, cada una con su propio gesto. Nos reíamos buscando la nariz más grande.

Un aguacero se soltó. Mientras el agua caía, hablamos del clima, no por inercia sino para volvernos cómplices. Ahora todas las piezas esperan arropadas hasta noviembre que paren las lluvias. Por lo pronto, el fuego solo calienta la comida.

Pancho, su marido, le ayuda a traer el barro del terreno de su abuelo con un burro, porque no le gusta manejar la camioneta que ha heredado. En ese mismo lote siembran maíz de varios colores, con el que hacen sus tortillas y tejate. El barro y el maíz se entrelazan como aliados. No solo comparten hábitat, sino también su función: servir. Durante miles de años su relación de domesticación mutua nos ha alimentado. La olla soporta el calor y cocina el elote, transformándolo en alimento, y este en nuestra energía.

Sembradores y alfareras, nos convertimos en intermediarios activos de esa transformación. No domesticamos sin ser domesticados también. Alejarnos de estos procesos es romper el equilibrio de reciprocidad con la tierra. Estamos aquí para servirle de regreso, o en otras palabras, amarla de regreso.

Chavela ahora trabaja sola, luego de haberlo hecho toda la vida con su madre, quien murió hace cinco años. Nos cuenta que la extraña, mientras hace equilibrio para llegar al escaparate donde se encontraban las piezas que tenía de recuerdo de ella: un perro y un venado, entre varios cajetes y platos. Fue ella quien le enseñó todo lo que sabe del barro, y a ella su abuela, y así sucesivamente. Cuando era niña, le dijo: —Con el barro nunca te va a faltar nada. Y confirma. Pancho le sugirió bajarle al ritmo de trabajo para no recordarla tanto, pero ella lo reprochó, pues es lo que la pone contenta: Cuando siento el barro estoy tranquila, feliz.

Aprender de estas mujeres —las mujeres del barro rojo— es como aprender de mamás y mamás hasta llegar a la madre tierra. Nos enseñan la disciplina, pero también el disfrute. Del fuego, el agua, la tierra y un trabajo que se funde con la vida. Chavela me preguntó por mi madre y me dijo que volviera con ella. Nos despidió pues iban a atender un funeral que se celebraba con una fiesta. Nos regaló dos bananos, tortillas y un poco de su barro.

Nos llevamos la certeza de que el barro y el maíz —como las manos que lo moldean y lo siembran— guardan la memoria del fuego, la semilla y el camino. Siempre se llega a donde se tiene que llegar.

De barro somos

A Macrina Mateos, fundadora de la cooperativa de mujeres alfareras de San Marcos, la encontramos como si nos hubiera estado esperando. Nos recibió con el corazón abierto —ella anda con él así, por eso hay tantas tazas en forma de corazón.

Nos presentó su historia, su barro, su comunidad zapoteca y a sus padres: todos van de la mano, literalmente. Su oficio lo aprendió de su madre, confirmando una vez más que el origen es doméstico. A ella la honraba diciendo: “En cada una de mis piezas están las manos de mi madre.”

Macrina, cuando todavía era niña, iba a la ciudad a vender sus trastes, desafiando la tradición, pues eran los hombres quienes se encargaban de la comercialización. Sentía impotencia de no poder hablar de su trabajo y su origen. Eso la llevó a aprender español rápidamente, tomando nota de las palabras que escuchaba en un cuaderno.
Hoy en día, ya ha recorrido gran parte del mundo repartiendo su legado.
“El barro me dio mi voz”, dice.

Fue cuando mi papá casi se arrodilla al escucharla que pensé que el barro sí parece una religión, y yo, una fiel devota. Sus discípulos nos encontramos en el lenguaje universal del tacto, y nos entendemos a través de la cocina: con la boca, con los labios que tocan lo que las manos provocaron. La mente se apaga, pues entiende mejor el cuerpo. Los sentidos se agudizan. Y es que el barro ayuda a todo. A todo, repetía.

Parece ser que estas madres, al enseñar el oficio del barro, estaban transmitiendo el lenguaje de la libertad.

De barro somos y en barro nos convertiremos

Lo último que empaqué cuando salimos de Veracruz fueron unas lonas y una pala en la parte de atrás del carro. Vi en un documental sobre las mujeres del barro rojo que ellas recogían su barro durante la luna nueva, pues en esos momentos era cuando más se dejaba ver.

No sé si fue por mi atención o por las intenciones del barro, pero en esos días en que la luna se escondió, empecé a verlo fácil, en la superficie, en las calles que estaban arreglando en Coatepec, en árboles caídos y en barrancos de varios tonos a lo largo del camino.

Orillarse. Dar las gracias. Llevarse solo lo que puedo cargar. Limpiar las cicatrices que inevitablemente dejamos. Aprender a cuidar la tierra no como un fin, sino como un camino: la reciprocidad.

En algún lugar olvidé la pala. Es mejor sin intermediarios: contacto directo, hacerlo uno mismo.

Puerto Escondido, Oaxaca

De barro somos

Es cosa del mar que conversaciones sobre ciencia y política terminen hablando de Dios. Que la infinidad del océano —lo más profundo y misterioso de la vida— desemboque en unas olas con las que uno resuelve si meterse a nadar o no. Es la gentileza del límite entre agua y seco en un día de sol, y la mescolanza total entre viento, arena, mar y todo lo que se atraviese en el huracán que recién había pasado por esa zona.

En ese punto leía la vida de María Sabina, la sabia de los hongos, por Álvaro Estrada. La atmósfera de mi imaginación estaba en una choza con cantos sagrados, que así sonaban:

Soy mujer que busca debajo del agua

Soy la mujer que limpia

Soy la mujer que arregla

Soy la mujer que nada

Soy la mujer nadadora sagrada

Soy la mujer nadadora dueña

Soy la nadadora más grande

Soy la mujer lancha

Soy la mujer estrella de la mañana

Soy la mujer de agua rastrera

Habíamos llegado al paseo original. La euforia que traía se pudo mojar solo los pies pues las olas escandalosas me dejaron en la orilla. Pero por mas que las vacaciones invitaran a dejar las manos quietas, tenía barro en la parte de atrás del carro y lo sentía vibrar. Como diría Gustavo Pérez, quien me ha enseñado a usar el gusto como brújula: la obligación por jugar.

Entonces me puse la bandera de la independencia, e improvisé un taller en el balcón de nuestro cuarto, donde dormíamos con las puertas abiertas. La autosuficiencia también requiere hacerse cargo de su propio entretenimiento. Atenta a las necesidades que aparecían, fui encontrando mis propios utensilios.

Algo que contenga agua, algo para machacar, cernir, remojar, secar, amasar. Algo como base, algo para pulir, lijar, tapar, bruñir. Las únicas herramientas indispensables son las manos. La mente es útil cuando se pregunta ¿qué voy a hacer diferente esta vez? ¿qué voy a ser diferente esta vez?. Caminando se encuentran las respuestas. El ojo pesca opciones, posibilidades. Huesos de mango, pedazos de coco. La maya de deporte como colador. La concha que dejó la ola para bruñir. El palito. Lijar el utensilio con lo que me limo las uñas.

El huracán me dió mis mejores herramientas. Del caos salí suavecita, lijada y salada. El tiempo permite que todo suceda.

Empecé primero a jugar con un barro rojo que había recogido en la vía a Oaxaca. Su consistencia esponjosa no parecía tener muchas ganas de ser algo, por lo que pronto el control se puso nervioso, a pesar de haber empezado todo por diversión. ¿Y si no funciona? Necesitaba agregar lo que había aprendido en el camino. Los revoltijos, la calma, el cuidado y la curiosidad. Agregué barro gris y amarillo de Los Reyes Metzontla con un poco de arena de mar. A medida que iba subiendo la pieza, que ahora ya se dejaba, iba haciendo mas mezcla, sin tiempo de añejar nada, más que mis propios sentires.

Es la fe la que se vuelve motor de las manos, cuando la mente mas que ayudar inquieta con sus dudas. Es la fe que no tiene palabras, que solo sigue y sigue y sigue, entre pausas para comer y caminatas por la playa. Es la confianza que nos toca construir cuando no tenemos generaciones y generaciones que nos respalden con una formula exacta que no tiene pierde. Volvimos a ser cazadores/recolectores virtuales y saltamos por el mundo y sus estaciones a nuestro gusto, antojadizos de lo tibio. La observación está masticada por robots, pues no tenemos tiempo para quedarnos quietos y ver qué pasa, porque siempre está pasando algo.

No es que ahora venga a hablar mal del nomadismo y a romantizar lo sedentario, pues al mismo barro le gusta moverse, pero sí me pone a pensar. Quizá por eso hoy en día sentimos esa prisa por no perder lo tradicional, pues ni nos alcanzamos a imaginar lo que significaría empezar de cero. Honrar la sabiduría ajena significa respetar miles de años de práctica y observación. Trabajar con arcilla se convierte en una colaboración tanto con la tierra como con quienes nos precedieron. Pero lo que he encontrado, es que solo la experiencia tiene la verdad. Esa que ha cometido errores, permitido ensayos, hay que probarlo para saber. La confianza nace a partir del movimiento, no es estacionaria. No se gana, no es un fin: es el camino.

Las primeras formas que se conocen de piezas de barro imitaron las formas de la naturaleza. La jícara, o totuma en Colombia, la cara. Como si el objetivo no fuera la replica sino la observación. Esa que permitió la siembra, el barro, la cocción. La consistencia del quedarse quieto, de mantener la mirada, estar atento. El barro necesita esta atención de manera literal, no subjetiva. El barro nos hace lentos, permite la contemplación. El clima como escenario, el paisaje como Dios. Me dije:

Yo soy la mujer totuma. Una jícara para contener mi mar.

De barro somos

Yo soy la mujer que se para. Yo soy la mujer que se sienta.
Le dijeron los hongos a María Sabina. Basta con eso. No hay que exagerar.

—No hay reglas ante la ligereza de un deseo sólido—
lo confirmé al ver las esferas y cubos gigantes de Bosco Sodi en Casa Wabi.
Si por suerte alguno se rompía, dejaba ver su núcleo frío, las placas tectónicas del fuego. Se convertía en jardín.

La sorpresa no era que estas piezas solidas se fracturaran, sino que no todas lo hicieran. Solo se fractura lo que jurábamos que era cierto. La verdad es flexible.

Un texto transcrito del cuaderno

¿Como son las raíces de un territorio invisible, personal, intransitable? De hábitat mutante, del trópico, al norte, del centro y el otro lado del mar. De lenguaje básico e instantáneo para evitar confusiones y olvidos. Como son las raíces cuando no hay agua y después son caudales excesivos. Como son las raíces cuando todo siempre está expuesto. La oscuridad lleva todo este tiempo nutriendo lo dormido.

Se despierta cruda. Después de una tormenta que le restregaba las antenas/pelo contra la cara. El cráneo que alberga los ojos, la boca, los oídos, digiere el tacto y respira. El cerebro. La torre de control. ¿Cómo nos vamos a despertar como si nada después de los relámpagos? Y los miedos, ya sea irracionales o ingenuos, a deshacer los resagos de la noche anterior. Aunque el aire acondicionado diga lo contrario.

Hija de padres que duermen con las ventanas abiertas. Esa en una raíz. El mar amansa la arena así como las manos amansan las piedras. En realidad, lo que quiero aprender es a ver, y quizá eso que estoy viendo, me esta llevando a sentir ¿qué siento? ¿qué es la intuición? ¿qué escucho? Que me dice el mar, las olas, el viento, cuando todo parece hablar de mí.

De barro somos

Coatepec, Veracruz

De regreso, me advirtieron que volvería a una explosión de flores y era cierto. Volví a atender la huerta y abonar la tierra después de tanto que me había dado. Aprender a tocarla, todo el tiempo, de todas las formas. Ver cuando se trata de acariciar, o de arrancar, o cavar. Escucharla, preguntarle.

Volví a preparar unos frijoles en una olla de barro, después de años de estar convencida que necesitaba otra olla en particular. Volví a calentar el comal, dormir con mi gato, despojarme de creencias, despejarme de necesidades. A escribir, repasar, amasar las palabras, considerar otras posibilidades. A dejar pensamientos en remojo y no tener miedo de ensuciarse, ni ser visto.

Volví a hacerme de comer. La reciprocidad: hacerse a sí mismo.

Gracias a mis padres quienes más fácil me han apoyado en ideas poco convencionales que tradicionales, por ser cómplices, amigos y haberme traído a la tierra. Gracias, es muy entretenido, sobretodo con su compañía.

Gracias al barro, quien no solo me ha dado un lenguaje sino mis ojos, mi delirio, mi apetito, y sobretodo muchos maestros y maestras, amigas y amigos con quienes compartir las obsesiones por la tierra y la vida en el camino.

Gracias también por leerme.

@mientraselagua

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