Más betabel que persona
Conozco el anhelo, el vacío que se asoma cada tanto para recordarme: no eres el contenido. Ese murmullo llega con la tristeza que también ya conozco; la dejo, me desbarata despacio y en silencio una vez dejo de luchar. La ambición es solo respaldada por un bostezo. ¿Quién soy si dejo de habitar mi nombre? Y con él, mis quehaceres, mis recetas, mis atajos.
Acepto la invitación. Mucho antes de ser persona estaba la disposición. Mucho antes de la intención, broté como vida a partir de mis padres. Sin pedir permiso, sin propósito, sin misión, de unas células microscópicas surgió un impulso de crecer, de ser cuerpo, de concretarse. Busco la sensación de esa chispa. Aunque la mayor parte del tiempo olvide la mera disposición de ser vida sin explicación, hoy me entrego.
¿Eso que escucho es mi corazón? Él no me necesita para latir, tampoco me tiene en cuenta para dejarlo de hacer. La vida sigue siendo, a pesar de mis miedos, de mi ansiedad. ¿Dejé la sopa afuera? Tengo días sin regar la planta del balcón. ¿Habré dicho demasiado? No puedo dormir. Me rindo. Una y otra vez, últimamente cada tercer día.
Llego sin expectativas, no por prudencia sino para recibir el asombro. Fueron mis manos las que me trajeron hasta aquí: agarradas del manubrio, respondiendo mensajes, lavándome los dientes. ¿Con qué se trata de ustedes?, les decía mientras las miraba con curiosidad, sin interferencia, como cuando no saben si untarse de barro, de jabón, de teclas o de tierra.
Hablo como si mi cuerpo fuera uno y yo otro, como si en vez de un conjunto fuera un objeto que uso según la necesidad. Pero primero fui órganos antes que persona, primero fui impulso antes que palabra. ¿A partir de qué momento esas células soy yo? Cuando llegué, sentía los músculos de la cara en una coreografía arrítmica involuntaria y la espalda recia. En cuanto me acosté sobre la pelota, el peso se convirtió en almohada.
Dispuestas a la atención total, a lo que aparezca, sin aferrarme a nada. Mi deseo: suavidad. Me dejo llevar. Ahora que soy cuerpo, caen los pensamientos afectados por la gravedad, caen los párpados y todo es oscuro adentro. La razón se va de vacaciones y las conexiones son raras, aparecen imágenes como un sueño.
Me siento más verdura que persona. Me siento como un betabel. Me siento dura, como un betabel cuando está listo para comer. Entiendo que la suavidad, en este caso, delataría que me quedé de más. Pedí suavidad, pero me encontré jugosa bajo una piel rugosa. Pedí suavidad y me encontré vibrante, de color intenso, no por drama sino por naturaleza.
Siento unas manos sobre mí, y aunque solo abarcan el hombro, me tocan todo el cuerpo. Ya no soy un fragmento. Mis escápulas son lo mismo que la punta del dedo gordo del pie. Me siento un sistema, siento corriente, soy esa energía. Me empiezo a ir.
¿Cómo vas? La pregunta no llega para evitar la partida, sino para hacerme consciente que me estoy yendo. Voy montada en espiral, las palabras se quedan atrás. Con pocos movimientos, mi pulmón cedió, haciendo más espacio, pero yo ya no soy nada.
Ni dureza, ni piel, ni verdura, ni músculos, ni deseos, ni intención. Si a algo me parezco es al aire que entra y hace cascada con las aguas internas. Escucho los sonidos de las cavidades, burbujeantes. Los espacios vacíos me amplifican, como el eco de hablarle a un jarrón. Las palabras están guardadas dentro del cuerpo: vienen y van, son del viento.
Del tiempo pasamos al espacio. No hay que moverse para obtenerlo. No se alcanza, se permite. Debajo de las cobijas está el universo. Cuando me siente, siento. La reciprocidad del sentido, de dirección.
—¿Cómo vas? Repliqué la pregunta. Ya no había oído, ni olfato, ni tacto, ni gusto, ni vista que respondiera, entonces le pregunté a la mente, tratándola como un sentido más, no como si fuera “yo”.
—Déjame —respondió. Ahora era ella quien me pedía que la dejara en paz, y yo acostumbrada a puyarla. Déjame, decía. Dejar es permitir, pero también soltar. Libertad y confianza, no control ni amaestramiento. Déjame, también me dice la semilla cuando miro incrédula la tierra. Déjame, cuando la vida supera el cronograma. Reconocer el valor de lo invisible, lo inútil, lo incuantificable. La vida es la práctica.
Aterrizo sobre los huesos, núcleo articulado. Me regalan su peso y la fuerza. Ellos son mi tierra; los músculos, el agua; los órganos, el fuego; y la imaginación, el viento. Los sentidos me traen de vuelta. Junto con los elementos, volví a nacer. Las manos me echan a andar, marcan el camino fractal. Noto que mis dedos son como pequeñas piernas que me llevan a lugares.
Sin necesidad de estar lista, habito ese primer impulso que me hizo cuerpo. Esa chispa sigue ahí, no se ha ido a ninguna parte, solo que ahora estoy yo para presenciarla. La dejo, la permito, la sigo, la honro.

Este texto surgió a partir de una sesión de toque somático con Camila Apaez. Gracias amiga.
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