Nadie me quita lo sembrado
Me convierto en jardín.
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Desde que aterricé en este territorio que ahora llamo casa, donde más he querido estar es a la intemperie, en el jardín, un lugar que es más verbo que geografía. Lo dejé dos meses y me recibe una explosión de agua, sol y tiempo. A pesar de mis intentos de hacer otras cosas, el jardín acapara todos mis deseos, por encima del barro, por encima de las palabras, por encima del descanso.
En un inicio cada mes venía el jardinero, pero su amabilidad no lograba contentar la tristeza que sentía al ver el patio amaestrado y mutilado. Por mucho tiempo me incomodaba el impulso en automático de intervenir. Desde opiniones a machetazos, antes de observar ya se está emitiendo un juicio y arrancando una planta medicinal ¿En qué momento consideramos el veneno como remedio?

El patio me recibió con un girasol del doble de mi tamaño que sembré desde semilla. La composta un vivero de aguacates, mango y calabaza. La menta, como la mente, todo acapara, dejando sin luz al tomate que nadie sembró. La flor que conocí en abril de la sábila se había convertido en otra penca. Algunas plantas aún no se recuperaban de la podada voraz, a otras les vino muy bien la mochada.
Al caminar entre el “descontrol” del jardín que he ido sembrando durante el año y medio que llevo aquí, me debatía entre asombro y angustia. Bajo las condiciones apropiadas todo se multiplica. Tanto el amor como el miedo.
Enterré mis tentaciones de escapar y la ansiedad encontró en la tierra un lugar donde pueden quedar mis impulsos destructivos. Arrancar, jalar, cortar. No me puedo engañar, las plantas no disimulan si no las regué.
”Limpiar” resultó en cosechar. Menta, papas, espinaca, matalí. Lo suficiente para considerar el huerto además de mi nevera y mi tiempo como abono.
La ausencia del sol me trae bajo techo con el humor restablecido. Mis uñas son un ecosistema. La curiosidad se ha tardado en brotar, cuando aparece se queda junto con los nombres de las plantas que desconocía. Además de verlas, olerlas, tocarlas y nombrarlas, me las como. ¿Qué hacen conmigo? Intimidad.
Todavía no sé hablar de nitrógeno, estratos, o rizomas. Lo que he aprendido no es técnico y lo que puedo poner en palabras es poco para lo que siento. Antes que un curso, quería tener contacto directo con el campo sin mis juicios de intermediarios. A medida que me voy involucrando, los árboles me van hablando de mí.
Mis manos se volvieron antenas.

He sido la que ve una planta morir y no hace nada. He sido la que siembra y no riega. He sido muchas cosas, como también he sido buena. El jardín me ha permitido desacostumbrarme de mi propia existencia. Cuando lo veo mutar, me puedo imaginar que tanto he cambiado yo a través de él.
Mi mente ya no se resiste a marchitarse pues solo así puede volver a florecer.
Empiezo a ver trillado el discurso fatalista que insiste en los humanos como el cáncer del planeta. También somos polinizadores. Podemos reforestar hectáreas de tierra infértil, hacer del trigo pan y de un tronco música. Podemos polinizar el entorno con buenas ideas.
He sido fertilizada por este territorio. En el campo he entendido el concepto de generosidad y novedad. Cuando hay cosecha a todos nos toca y la novedad no se alimenta del celular sino de todo lo que sucede afuera.
He desarrollado una relación con este lugar, lo he visto cambiar de color. He notado que según la época brotan diferentes cosas del suelo. Como yo.
No tiene nada que ver la propiedad privada con la necesidad que siento de untarme de tierra y al cavar entender que estoy creando un vínculo con la vida.
No se trata del jardín sino de lo que me pasa a mí cuando trabajo con él.
“En vez de ejecutar un hacer, dejarse hacer por la consigna”
Lucas Condro, Asymmetrical Motion.
